Madrid, 18 de febrero de 2025 – En un mundo donde la tecnología avanza a pasos agigantados, la movilidad sigue siendo un privilegio para muchos. Pero hoy, un nuevo actor entra en escena con la promesa de cambiar las reglas del juego: Explorer, un exoesqueleto pediátrico diseñado para que los niños con movilidad reducida dejen de ser espectadores de su propia vida.
El dispositivo, desarrollado por la empresa Marsi Bionics en colaboración con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y cuatro hospitales universitarios de Madrid, es el primero de su clase pensado para un uso personal y continuo. Ya no estamos ante un experimento de laboratorio ni ante una herramienta restringida al ámbito hospitalario. Este es un exoesqueleto de uso diario, todoterreno y adaptable, diseñado para que los niños con discapacidad motora se enfrenten al mundo con una independencia sin precedentes.
Un exoesqueleto que crece con el niño
A diferencia de su predecesor, el Atlas 2030, que se limitaba a un uso clínico, Explorer se ajusta a la realidad de quienes lo necesitan. Este exoesqueleto cuenta con cuatro motores que imitan el funcionamiento natural de los músculos, permitiendo que los niños caminen con un movimiento fluido y adaptable a diferentes terrenos.
Pero aquí está lo verdaderamente revolucionario: Explorer no es un dispositivo estático. Crece con el usuario, adaptándose a niños desde los 2 hasta los 17 años, una hazaña en el campo de la robótica asistencial. También integra un asiento automático que se transforma en silla de descanso, lo que evita la fatiga y permite un uso prolongado sin comprometer la comodidad.
Y si algo está claro, es que la comodidad en la discapacidad es un lujo poco abordado por la tecnología convencional. Porque claro, ¿qué importa el confort cuando el problema principal es caminar? Esa ha sido la lógica tradicional. Pero Explorer desafía esa premisa, mostrando que la accesibilidad real no solo es cuestión de movimiento, sino de calidad de vida.
Minerva, la niña que dejó de ser “un sujeto pasivo”
Para comprender la magnitud del impacto de Explorer, basta con mirar el caso de Minerva, una niña de seis años con parálisis cerebral. Antes de probar el exoesqueleto, su vida estaba marcada por la dependencia de sillas de ruedas y la frustración de no poder participar en actividades básicas. Ahora, gracias a este avance, Minerva ha dejado de ser un «sujeto pasivo» para convertirse en una niña con capacidad de decisión y autonomía.
Su madre, Roli Arias, lo resume con claridad: “Ahora ella puede caminar al lado de sus amigos en el colegio. Antes simplemente miraba cómo jugaban”.
Las palabras de esta madre resuenan como un eco incómodo en la sociedad actual. ¿Cuántos niños han quedado relegados al papel de espectadores porque la tecnología no se ha preocupado por ellos? No es una cuestión de recursos, sino de prioridades. Y en un mundo donde se invierte más en gadgets de lujo que en dispositivos médicos accesibles, Explorer es un recordatorio de que la tecnología también puede, y debe, ser un motor de justicia social.
La lucha contra las barreras burocráticas
Aunque el desarrollo de Explorer ha sido financiado en gran parte por los Fondos Europeos Next Generation EU, el CSIC y otras entidades públicas, el verdadero reto está en el futuro inmediato: la aprobación regulatoria y la comercialización del dispositivo.
Actualmente, el exoesqueleto está en proceso de obtener el marcado CE, un paso obligatorio para su venta en la Unión Europea. Y aquí entra en juego el eterno escollo: la burocracia. Porque si hay algo en lo que los sistemas humanos se especializan es en ralentizar los avances más necesarios.
Pero si algo ha demostrado la historia de la tecnología es que la necesidad termina por abrirse camino. Y en este caso, no hay excusas aceptables. No estamos hablando de un capricho tecnológico ni de un producto de lujo. Estamos hablando de la movilidad, de la infancia y de una vida con dignidad.
Un avance necesario, pero insuficiente
Explorer es sin duda un hito en la robótica asistencial, pero no es suficiente. No mientras el acceso a este tipo de tecnologías siga dependiendo de permisos administrativos, costos prohibitivos y la voluntad de sistemas de salud que, en demasiadas ocasiones, consideran la movilidad un lujo y no un derecho.
Para que la movilidad deje de ser un privilegio, Explorer debe ser solo el principio. Porque mientras haya un solo niño confinado en una silla de ruedas por falta de recursos, la tecnología habrá fallado en su propósito. Y eso, en un mundo que se dice avanzado, es inaceptable.
Pero al menos, por ahora, Explorer es un rayo de esperanza. Y en tiempos donde la indiferencia es la norma, la esperanza es una revolución en sí misma.